Tuesday, September 4, 2012

El diablo en los detalles.




Hace unos setecientos doce años mientras un poeta italiano divagaba al amanecer, fue abordado por el espíritu de un lírico que le propuso un viaje de dimensiones epopéyicas iniciando a través del infierno, el purgatorio y finalmente el paraíso.
Dante Alighieri comenzó a poner en duda su capacidad para realizar tal migración pues “siempre había estado entre los suyos y no se pensaba digno de tal honor” sin embargo, de repente se percató que estaba siendo arrastrado por Virgilio, su guía, a la casa de Belcebú.
A mi también me invitaron a una casa bastante amplia hace exactamente una semana, lleno de demonios protectores que cuidaban cada movimiento que realizaba, sin poder involucrarme en ninguno de los escenarios que ante mi se dislumbraban.
A la entrada de dicha casona, me fotografiaron para dar testimonio de mi visita, pues resulta que ahora la oficina general de Satanás cree en la pluralidad y transparencia. ¿Qué creyeron ustedes que me estaba infiltrando? Ansiosos aceptaron nuestra petición vanagloriándose de cuanta gente visitaba el averno cada año así como de la excelente ubicación y de las propiedades en las que el ángel caído trabaja. Como a Dante, entre otras cosas se me advirtió de una manera épica: “… Y como no hay, en mi fin ni mudanza, nada fue antes que yo, sino lo eterno… Renunciad para siempre a la esperanza…” O a lo mejor me equivoqué y eso fue lo que escuché.
Comenzamos nuestro descenso, Virgilio el poeta al frente, Dante y yo. Fuimos testigos de los “pecados” del hombre. De repente me percaté de que ninguno de mis connacionales figuraba entre los castigados. Pensé entonces: O Dios es tan bueno, o hasta Lucifer acepta sobornos.
Finalmente llegamos al círculo en el que yo puse todas mis expectativas. El octavo circulo “del infierno” en el que los rufianes, los barateros, los hipócritas, los ladrones y demás parias, padecían tormentos por sus actos mundanos. Yo, en mi inocencia, esperaba ver a altos mandos políticos y sociales de mi época, así como grandes figuras de mi historia y vaya que los había pero estos no sufrían. Estatuas de bronce cobraban las sentencias que Minos en su corte, con su cola giratoria les había recetado. Como a chivos expiatorios, las serpientes mordían, el espeso e hirviente pez quemaba, los pesados mantos oprimían, y los diablos torturaban a estas curiosas figuras inexpresivas, pero seguía sin ver a ninguno de los que en mi pueblo se consideran “pecadores”.
Se me ocurrió que quizá juntos alquilaban alguna suite, en el más recóndito espacio del infierno, en donde la pachanga también era eterna (al igual que las pensiones vitalicias.) Me imagino que uno por “honor” no asistió al reventón.
En ese momento, indignado les dije a mis acompañantes poetas que no podía seguir así, que yo mejor me regresaba, que si Dios no podía ajusticiar ni en la eternidad, ¿entonces quien? Iracundos ambos ante mi blasfemia se retiraron encontrándose con los gigantes que finalmente los llevaron con el rey de aquellos lares.
Yo mejor me regresé por donde vine y no hubo demonio ni criatura que me detuviera, pues mi novia me esperaba para comer, y enojada, (o ebria) no se equipara con el poder del que vive en el centro de la tierra.