Hace unos setecientos doce años
mientras un poeta italiano divagaba al amanecer, fue abordado por el espíritu
de un lírico que le propuso un viaje de dimensiones epopéyicas iniciando a
través del infierno, el purgatorio y finalmente el paraíso.
Dante Alighieri comenzó a poner en duda su capacidad
para realizar tal migración pues “siempre había estado entre los suyos y no se
pensaba digno de tal honor” sin embargo, de repente se percató que estaba
siendo arrastrado por Virgilio, su guía, a la casa de Belcebú.
A mi también me invitaron a una casa bastante
amplia hace exactamente una semana, lleno de demonios protectores que cuidaban
cada movimiento que realizaba, sin poder involucrarme en ninguno de los
escenarios que ante mi se dislumbraban.
A la entrada de dicha casona, me fotografiaron para
dar testimonio de mi visita, pues resulta que ahora la oficina general de
Satanás cree en la pluralidad y transparencia. ¿Qué creyeron ustedes que me
estaba infiltrando? Ansiosos aceptaron nuestra petición vanagloriándose de
cuanta gente visitaba el averno cada año así como de la excelente ubicación y
de las propiedades en las que el ángel caído trabaja. Como a Dante, entre otras
cosas se me advirtió de una manera épica: “… Y como no hay, en mi fin ni
mudanza, nada fue antes que yo, sino lo eterno… Renunciad para siempre a la
esperanza…” O a lo mejor me equivoqué y eso fue lo que escuché.
Comenzamos nuestro descenso, Virgilio el poeta al frente,
Dante y yo. Fuimos testigos de los “pecados” del hombre. De repente me percaté
de que ninguno de mis connacionales figuraba entre los castigados. Pensé
entonces: O Dios es tan bueno, o hasta Lucifer acepta sobornos.
Finalmente llegamos al círculo en el que yo puse
todas mis expectativas. El octavo circulo “del infierno” en el que los
rufianes, los barateros, los hipócritas, los ladrones y demás parias, padecían
tormentos por sus actos mundanos. Yo, en mi inocencia, esperaba ver a altos
mandos políticos y sociales de mi época, así como grandes figuras de mi historia
y vaya que los había pero estos no sufrían. Estatuas de bronce cobraban las
sentencias que Minos en su corte, con su cola giratoria les había recetado.
Como a chivos expiatorios, las serpientes mordían, el espeso e hirviente pez
quemaba, los pesados mantos oprimían, y los diablos torturaban a estas curiosas
figuras inexpresivas, pero seguía sin ver a ninguno de los que en mi pueblo se
consideran “pecadores”.
Se me ocurrió que quizá juntos alquilaban alguna
suite, en el más recóndito espacio del infierno, en donde la pachanga también
era eterna (al igual que las pensiones vitalicias.) Me imagino que uno por
“honor” no asistió al reventón.
En ese momento, indignado les dije a mis
acompañantes poetas que no podía seguir así, que yo mejor me regresaba, que si
Dios no podía ajusticiar ni en la eternidad, ¿entonces quien? Iracundos ambos
ante mi blasfemia se retiraron encontrándose con los gigantes que finalmente
los llevaron con el rey de aquellos lares.
Yo mejor me regresé por donde vine y no hubo
demonio ni criatura que me detuviera, pues mi novia me esperaba para comer, y
enojada, (o ebria) no se equipara con el poder del que vive en el centro de la
tierra.
